Tres días antes del famosos temblor de 1985, se inauguraba un espacio que con el tiempo se convirtió en la mayor empresa de promoción y difusión de propuestas rockeras en México. Aunque poco  tarde en relación con otros países, por fin “La ciudad más grande del mundo”             -como le decía antes entonces en Rock 101, también primera estación formal que difundía rock – contaba con un sitio semillero, y los seguidores del genero podían dejar los hoyos fonquis o sitios que presumían huecas propuestas rock poperas.

El naciente Rockotitlan ubicado en la glorieta donde hacen esquina la avenida Insurgentes Sur y el Eje 6, nació gracias a los hermanos Fernando y Sergio Arau, fundador y guitarrista de Botellita de Jerez. Ellos le dieron forma, inventaron el nombre y armaron el cartel inaugural con Kerigma, quien tenía varios años en la necia, y Botellita de Jerez, los de casa, naturalmente.

Con Rockotitlan nació algo que antes no existía para los músicos: un espacio para estar, disfrutar los groupies, pachequearse en la azoteílla, oír a otros colegas, planear grabaciones y darle forma, por fin, a su movimiento.

Gracias al lugar del rock, no les faltaron tocadas a Caifanes, Kenny y los Eléctricos, Ritmo Peligroso, Fobia, Santa Sabina, e incluso Maná cuando venían de Guadalajara. Animados por el espacio surgieron nuevos grupos como Los Amantes de Lola, Ansia, Neón (quienes a finales de los noventa fueron los teloneros de Rod Stewart en Querétaro). El juguete Rabioso y Christa Galli, por mencionar algunos.

En el lugar, con enorme balcón dirigido a la avenida Insurgentes, había desde excelentes recitales, hasta las infaltables madrizas ocasionadas por cualquier motivo, y noches infumables.

Uno de los méritos de Rockotitlan fue organizar anualmente el concurso “La batalla de las bandas” de donde salieron conceptos como Consumatum Est que desapareció a la postre. La Gusana  Ciega, Sistema, Guillotina, El Clan, Las Malas Lenguas, bandas estas últimas con las que después no pasó nada. También llego a reforzar lo que se conoció como “Rock en ti idioma” que genero grabaciones recopilatorias y personales, gran testimonio de esa época.

Animados por el éxito del local, aparecieron después sitios como el Rock Stock en la Zona Rosa, el entrañable L.U.C.C. por la zona de Mixcoac y se consolidaron otros como el Titti Frutti al norte de la ciudad.

La decadencia de Rockotitlan coincidió con la desaparición de Botellita de Jerez y con el cambio de administración. En 1989 murió lo que era el Movimiento Artístico Mexicano y Latino del Rock en Español que terminó cediendo los derechos de administración a Tony Méndez quien había sido músico de Kerygma. El Tony le dio su toque personal a la administración del lugar y, entre otras cosas, en lugar de pagar una pequeña cuota a los grupos, de acuerdo con lo recaudado en taquilla, ahora eran los músicos quienes tenían que entrarle con Tony por tocar en Rocko o, en su defecto, vender boletos. A partir de entonces fue conocido como Tony Vendes. Otros sobrenombres legendarios nacidos en las noches de Rockotitlan fueron: Kerruina (Kerygma), Los Caiflanes, Los Amantes de Pirinola, Ñeron, El Puerco de Tuituila, Las Victimas de su Cerebro…

Inolvidables las colas monumentales que bajaban las escaleras y daban la vuelta hasta Insurgentes Sur, cada que se presentaban estelares como Caifanes o Fobia. También para recordar el altar dedicado al Santo o las borracheras y pasones de antología que se colocaba el Pato o el Patricio baterista de Santa Sabina, que termino como un Syd Barret de quinta, al que correteaban policías inexistentes y que podía terminar desnudo en la fuente frente al local o dormido en el piso del bar.

El sitio de Insurgentes por fin cerró y Tony intentó revivir el concepto en un galerón en Villa Coapa pero nada fue igual. La competencia entre los antros que difundían rock mexicano estaba más nivelada y diversa, pues ya cualquiera poda ver al Tri de Lora en la discoteque Magic Circus del Toreo, con Paulina Rubio o Alejandra Guzmán como abridoras.