Cruzar la meta en un maratón es más que haber terminado el recorrido. Cruzar la meta es también comprobar que la persona es capaz de romper barreras personales. Todo maratonista sabe que se corre con los pies pero animados por un corazón preparado para conseguir o superar las propias metas.

Un maratón tiene su primer paso el primer día de entrenamiento y el último al concluir el recorrido final. Y ese lapso no dura las dos, cinco o seis horas en que se haga: dura mucho más porque son meses de acondicionamiento físico y preparación espiritual.

Uno de los frutos que le otorga a un maratonista la preparación para esta carrera es el fortalecimiento de la confianza en sí mismo: convencerse de que se pueden cumplir los objetivos que uno plantea. Cruzar la meta corrobora que los objetivos personales son siempre una invitación a lograrlos y a partir de allí proponerse otros. En las diversas participaciones que he tenido en maratones he escuchado a corredores que al final, entusiasmados por haber concluido la carrera, externan su deseo de mejorar el desempeño en el siguiente maratón. Una carrera con esta exigencia prepara a la mente y dispone al corazón para establecer metas y cumplirlas.

El maratón también es una escuela de solidaridad. Parece un deporte individualista pero la experiencia me dice que siempre se llega con otros y a veces gracias a otros. El impulso que se da entre corredores desde los entrenamientos generalmente hace que la expresión “si puedo” se transforma en “si podemos”. A lo largo del recorrido se va tejiendo la solidaridad del corredor, uno está pendiente de animar a otros y otros hacen lo mismo con uno.

El maratón también es una fiesta. El entusiasmo que le imprime la gente que desde temprano va a apoyar a los corredores hace que un maratón sea una fiesta compartida. Quien asiste a ver un maratón disfruta, pero también proyecta en el corredor sus propias historias de esfuerzo y sabe que, como le sucedió, el maratonista requiere de apoyo para llegar a su meta.

En fin, el maratón es un deporte, una fiesta, una experiencia de superación personal y una gran escuela de solidaridad.

Edgar Salinas Comunicación Maratón Internacional Lala