Es una mujer de palabra, fe y convicciones firmes a quien el deporte, asegura, le ha enseñado a respetar a la gente y a no defraudarse a sí misma. Las lecciones de vida que su abuelo Tomas Mendívil, un hombre de su entera admiración, le inculco desde su infancia, se convirtieron en una guía del sinuoso  camino que habría de seguir.  Y precisamente a él, Soraya Jiménez le prometió dar su máximo esfuerzo para alcanzar un sueño: una presea olímpica.

Y mientras el abuelo vivía en su rancho rodeado de su gente, su nieta día a día luchaba por mejorar en lo que el destino le deparó: el levantamiento de pesas. Y valió la pena. Las lesiones, las tres operaciones, la falta de apoyos, los detractores, la lejanía del hogar, las diez horas cotidianas de entrenamiento, el sacrificio kilo por kilo…

La mujer de 1.54 de estatura, amante de los animales, de la música, del demonio de tazmania, los relojes, el cine, la literatura de García Márquez y entrañablemente unida a su familia, es la mejor halterista mexicana, la primera medallista de oro para el país, la primer mujer que asciende a lo más alto del pódium en una justa olímpica. En la ausencia, durante los días previos a la competencia de Sidney, en que permaneció en tierras búlgaras, Soraya se fijó en la mente día a día lo que debía realizar el lunes 18 de septiembre del año 2000.

Y es que la senda a la presea aurea no fue nada fácil. Tuvo que enfrentar la desconfianza, las calumnias de quienes insinuaban que consumía sustancias prohibidas, la falta de viáticos para sus giras de fogueo. Cuando la halterista intentaba acudir a su primer Campeonato Mundial, cuando estaba lejos de ser reconocida, dirigentes deportivos le negaron el aval por lo que, decepcionada, le dijo a su padre que no deseaba continuar con los tramites del viaje, pero éste le impulso para seguir luchando.

Gheorgui Koev Zdravkov fue la clave para el triunfo de Soraya en Sidney, fue el gran estratega, fue quien decidió alejarla del acoso de los medios y de la presión a la que están sometidos los atletas olímpicos en sus propios países. Se la llevo a Bulgaria, donde la rutina era entrenar 10 horas diarias y dormir durante los últimos tres meses. Koev la conoció a la perfección, sabía cuando estaba triste, cansada, deprimida, feliz y sobre todo, de las necesidades de un halterista, ya que él también lo fue, e incluso su padre fue un orfebre de varios campeones mundiales y olímpicos.

El animal preferido de la deportista es el águila, cuyo tatuaje lucio en su brazo el día de la competencia, “El águila es libre y alcanza grandes alturas, con una visión superior”, explica la deportista, y Soraya voló alto para cumplir la promesa a su abuelo. Tan alto que alcanzó la cima del pódium olímpico al levantar 222.5 kilos y convertirse en la Mujer de Oro.