Los profetas han aparecido siempre como seres enigmáticos para cambiar el río de la historia. Rockdrigo González músuico, poeta y pintor, fue uno de estos seres que llegan, viven y se van convirtiéndose en leyendas. Mejor conocido como El profeta del Nopal, adquirió ese nombre después de ir a la sierra y tener una experiencia con hongos. El mito sugiere que la “nopalera” le habló y le dijo que regresara a la cuidad para ser un “profeta urbano” y en sus canciones hablar de “la neta”. Lamentablemente le faltó tiempo para cumplir sus profecías, pero a 25 años de su muerte sigue siendo recordado a través de sus inolvidables letras en las que retrata la vida caótica.

 

 De regreso a las calles se dedicó a componer rolas en las que la desesperanza y decepciones amorosas constituyen algunos de sus temas principales. Trabajó en una cafetería de la Zona Rosa, donde infectando con sus cancines a los consumidores, con sus charros cibernéticos y nauatlacas de transistores, describía a los chilangos. Estando ahí conoce a rocanroleros y literatos como Jose Agustín. Va por la gran urbe cantando en la escena subterránea, en los famosos hoyos funkies, una época en que la represión, autoritarismo y las redadas eran el pan nuestro de cada día.

Fue el mayor representante de Los Rupestres. Junto con Robert González, Nina Galindo, Eblem Macari, Rafael Catana, Roberto Ponce, Armando Rosas y Fausto Arrellín formaron est agrupación, que como él decia: “Somos cantantes que no tenemos voz de tenor ni un equipo electrónico sofisticado, somos rupestres por que somos músicos marginados y queremos romper con el panfleto y la etiqueta que casi todos los artistas acostumbran usar para identificarse con los demás”. Esto fue parte del Manifiesto Rupestre.

Era considerado el Bod Dylan de Chilangolandia, por sus letras hiperreales y retratos cotidianos. Recorre el asfalto llevando su mensaje a sus oídos dispuestos a recibirlo, abriendo una ventana para miles de personas buscando en él un consuelo en suliríca que aún sigue vigente. “Me asomé a la ventana y vi veniral cartero, me entretuve pensando en una carta de amor, mas no, no, no, era la cuenta del refri y del televisor. Me asomé a la ventana y vi venir a Romero, me entretuve pensando en que venía a saludar, no, no, no, eran seis meses de renta que tenía que pagar”.

Situaciones como ésta vivimos diariamente, como los primeros rayos del sol, como el camión de la basura pasando a las ocho de la mañana. Sin embargo también le cantaba al amor, a la vida: El amor que yo tengo, es el de Edipo a su madre, el de Dalila a Sansón, el de David a Goliat. ¿Quién no ha escuchado “El metro Balderas”, “Perro en el periférico”, “No estoy loco”, entre muchas otras canciones? Grupos como El Tri de Alex Lora o Heavy Nopal, lo han inmortalizaron. Llegó a particpar con Gullermo Briseño, Jaime López, Botellita de Jérez y el grupo Deliriums Tremens, entre otros.

Se fue el 19 de septiembre de 1985, víctima del terremoto que azotó a la ciudad, llevándose consigo “una sobredosis de cemento”, así es como la banda le llama a su inesperada partida; se dice que lo encontraon abrazando a su mujer, en el edificio en el que vivía.

Por Idania Guadarrama